El guapo Licancabur

Este fue el último paisaje andino que vimos, al final del tour del Salar de Tara: el volcán Licancabur.

Pensaba en cómo terminar de escribir sobre este viaje y aún no logro definirlo, pero si no me ponía a escribir ahora, me iba a tardar mucho más.

El transporte (que, por cierto, se llama Licancabur también) que nos llevaría al aeropuerto de Calama se tardó muchísimo, pero se nos hizo mucho más larga la espera porque llegamos temprano al hostal. Incluso le pedí al encargado que me dejara llamar por teléfono para revisar que todo estuviera en orden.

Afortunadamente sí lo estaba y nos habían dicho que, en efecto, el conductor iba algo retrasado. Teníamos tiempo suficiente para no llegar corriendo al avión, así que esperamos.

Habíamos dicho que, dependiendo de nuestro estado físico y mental, decidiríamos si llegábamos a casa de Fran y salir muy temprano de regreso al aeropuerto, o quedarnos en un hotel del aeropuerto. En realidad esto lo decidimos antes y ya habíamos reservado en el Holiday Inn. Si se encuentran en una situación similar, esto es lo mejor que pueden hacer. La habitación tenía una tarifa razonable y creo que estaba incluido el desayuno, pero eso ya no aplicaba para nosotras, más bien lo que hicimos fue ir a cenar porque moríamos de hambre.

Desafortunadamente el servicio del restaurante no fue tan bueno pero ya no había opciones a la hora que llegamos (alrededor de las 9.30 pm). Todas las tiendas -excepto una, ¡la de souvenirs!- estaban cerradas, incluyendo el fast food. ¡Qué garrón!, diría Mariux.

Cenamos y después… no recuerdo si fuimos directo a la tienda de souvenirs o fuimos a la habitación a darnos un baño y preparar todo para la salida a la flamante hora de madrugada (4 am) para documentar.

Algo que nos falló fue haber devuelto la llave del hotel cuando salimos a dejar las maletas, porque bien habíamos podido regresar a dormir unas horitas más antes de ir a abordar, pero, como no lo hicimos, estuvimos en la sala de espera (hay unos sillones, gracias a Dios, nuestro Señor, que no son las típicas sillas de aeropuerto) con el ojo puesto en la cafetería que tardaría algunos minutos en abrir. Hay unos panecillos deliciosos que se llaman “media luna”, o quizás sólo “lunas”. Yum yum. Fue mi último desayuno chileno.

Por supuesto, no satisfechas con los “recuerditos” que habíamos comprado la noche anterior, fuimos a visitar más tiendas mientras llegaba la hora de subir al avión.

Ya me acordé que iba a titular a este último post: “Por favor, ya dejen de decirnos ‘señoras'” Y es que, al parecer, ya lo somos a los sudamericanos, especialmente al staff de LAN, les encanta tratar así a las jóvenes aventureras *lloran.

“Señora, ¿qué va a querer de snack?”, “Señora, ¿algo de beber?” ¬¬

Ya dejen de decirnos “señoras” :(  Lo peor es que regresando de este viaje (sí, echaré la culpa a las aeromozas de LAN Chile, que hace como 10 años recibieran nuestras bendiciones por haber emborrachado a Vincent Cavanagh) ahora todos los adolescentes así me dicen por culpa de ellas, y también los no adolescentes. Creo que ya no hay marcha atrás y tendré que abrazar mi nueva etapa… de señora T_T

Ah, pero me acordé de algo que nos puso muy contentas cuando pasábamos la aduana chilena ya de regreso. A diferencia de la aduana gringa, en Chile (y en muchas otras partes) puedes pasar con tus acompañantes a que te sellen el pasaporte y te hagan las rigurosas preguntas de “¿a qué viene?” y “¿por cuánto tiempo?” y “hola, ¿qué hace?”. Cuando llegamos nos “atendió” una chica rubia muy simpática a la que le dijimos que íbamos a una boda, a ver a algunos amigos, y a pasear por el desierto y por Valparaíso. Creo que nos dijo que los paisajes eran muy lindos, y nos preguntó si visitábamos a algún novio chileno. Le dijimos que no :)

Cuando nos selló el pasaporte y nos dio el “pase de salida” que no debíamos perder durante el viaje, nos dijo que era importante conservarlo y mostrarlo al salir del país porque eso significaba que ya habíamos pasado por la policía, y al decir eso, ella se señaló diciendo, “o sea, yo”.

Cuando estábamos ya de regreso en la fila de la aduana, le dije a FG que sería buenísimo que nos volviera a tocar con la misma chica policía. Me dijo que iba a ser poco probable porque ella estaba en las llegadas y no en las salidas, pero ¿qué creen? ¡Sí nos tocó! :D Brincamos de felicidad al verla y recordarle lo que nos había dicho 10 días atrás. Se acordó de inmediato y nos preguntó cómo había estado todo el viaje y si habíamos dejado rotos muchos corazones *la abrazan*. Nos alegró mucho que pudiéramos entrar al avión con una gran sonrisa por este detalle y por todo lo que han leído en estos posts, sí, incluyendo lo de llamarnos “señora”.

Bien, concluiré esta aventura andina diciendo que llegamos de regreso a México sanas y salvas, llenas de imágenes en nuestra cabeza (y nuestros teléfonos y cámara), con un sentimiento de amor infinito hacia nuestros queridos amigos chilenos y holandeses, especialmente a nuestra Gem y a Don R, y con unas ganas inmensas de volver a hacer este viaje, o algún otro que nos lleve a seguir conociendo tan bonito país que es Chile *abrazan a todos sus paisajes.

Al llegar al aeropuerto de la Ciudad de México, FG y yo compartimos un auto con chofer privado para llegar a nuestros hogares. Unas semanas después estaríamos viajando ahora acompañadas de Miss D hacia “Jálibud, beibe!“, para el concierto de nada menos que David Gilmour, y claro, para el shopping obligatorio que en realidad no lo era… pero sí lo era…